Durante los años 90, Argentina aplicó políticas neoliberales que generaron desequilibrios económicos.
Empresas estatales fueron vendidas a capitales privados, reduciendo el rol del Estado. Durante los años 90, se impulsó un fuerte proceso de privatización con la promesa de mayor eficiencia y modernización. Sin embargo, muchos servicios públicos quedaron en manos de empresas que priorizaron el lucro por sobre la calidad y el acceso. Esta política debilitó la capacidad del Estado para intervenir en áreas clave y dejó a amplios sectores de la población desprotegidos frente a intereses privados.
El país incrementó su deuda externa, dependiendo del financiamiento externo. Durante los años previos a la crisis, se recurrió sistemáticamente a préstamos internacionales para sostener el gasto público y el modelo económico. Esta estrategia generó una carga insostenible, y cuando se agotó el crédito externo, el sistema colapsó. El default declarado en 2001 fue el más grande de la historia hasta ese momento, marcando un quiebre en la relación con los organismos financieros internacionales.
El crecimiento económico no benefició a todos por igual, ampliando la brecha social. Mientras algunos sectores concentraban riqueza, millones de personas quedaban al margen del sistema. El desempleo, la precarización laboral y el deterioro de los servicios públicos profundizaron la exclusión. La desigualdad se volvió más visible en las calles, donde convivían la opulencia y la pobreza extrema, reflejando un modelo que no logró garantizar equidad ni oportunidades para todos.
Numerosos escándalos afectaron la credibilidad del gobierno y las instituciones. Casos de corrupción vinculados a funcionarios, contratistas del Estado y privatizaciones generaron un fuerte rechazo social. La percepción de impunidad y falta de transparencia alimentó el descontento, debilitando aún más la legitimidad del poder político. En medio de la crisis, la corrupción se convirtió en un símbolo del distanciamiento entre la dirigencia y las necesidades reales de la población.
El sistema cambiario de 1 peso = 1 dólar generó una economía artificial que terminó colapsando.
Los grandes capitales retiraron sus fondos del país, debilitando el sistema financiero. Ante la pérdida de confianza y el temor al colapso, empresas y sectores privilegiados sacaron sus ahorros al exterior, acelerando la crisis. Esta fuga masiva de divisas redujo las reservas del Banco Central y dejó al país sin margen para sostener la convertibilidad. La salida de capitales profundizó la recesión y agravó la situación económica de millones de argentinos.
La economía no pudo sostener el valor ficticio del peso, lo que derivó en una fuerte devaluación. Tras el fin de la convertibilidad, el dólar se disparó y el peso perdió gran parte de su valor en poco tiempo. Esto impactó directamente en los precios, los salarios y los ahorros de la población. La devaluación fue un golpe duro para las clases medias y bajas, y marcó el fin de un modelo económico que ya no podía sostenerse.
Entender el contexto previo permite analizar por qué la crisis estalló y qué lecciones pueden extraerse.